lunes, 24 de febrero de 2014

Jamás (es un titulo de lo mas recurrente)


Jamás dejaré de destrozarme el labio inferior por los nervios.
Jamás dejaré de bailar sin ritmo.
Jamás dejaré de cantar en la ducha.
Jamás dejaré de ser gruñona e impaciente.
Jamás dejaré de ser mimosa.
Jamás dejaré de soñar.
Jamás dejaré de poner los ojos en blanco.
Jamás dejaré de ponerme vestidos con Converse.
Jamás dejaré de decir lo que pienso.
Jamás dejaré de dar abrazos cuando quiero darlos ni de decir "te quiero" cuando realmente lo siento.
Jamás dejaré de ser apasionada sobre cosas que a casi toda la humanidad le parecen absurdas pero a mí me fascinan.
Jamás dejaré de decir "fascinante".
Jamás dejaré de ser sarcástica.
Jamás dejaré de llevar mi cartera con forma de monstruo.
Jamás dejaré de intentar corregir mis errores y ser mejor persona, pero jamás perderé mi esencia por esforzarme en ser alguien que encaje. 


domingo, 16 de febrero de 2014

(o 4 a.m)





Comía chocolate porque se suponía que debía estar triste.

Y lo estaba, pero de una manera extraña.

Era la primera vez que experimentaba esa clase de tristeza. La clase de tristeza que la hacía llorar acurrucada en la cama regodeándose de cada lagrima.

La tristeza que la abrumaba de sorpresa, agazapada detrás de una mirada, detrás de una caricia, detrás de un mimo o un guiño que no era para ella.

La tristeza que de niña juraba que jamás iba a sufrir.

Comía chocolate escuchando la misma canción una y otra vez.

Y una y otra vez.

Y otra vez.

Y otra vez.

Y otra vez.


Comía chocolate porque Taylor Swift ya había predicho en sus letras que eso iba a ocurrir.

Comía chocolate por todas las veces que le habían dicho "no te conviene" y no les creyó.

Comía chocolate porque le odiaba.

Y porque sabía que eso era mentira.

Comía chocolate porque tenía el corazón roto.

jueves, 13 de febrero de 2014

Esta va por ti.





A lo largo de nuestra vida conocemos a muchas personas, miles y miles. A las mañanas en el metro, apretujados en el vagón. En la cola de una cafetería o comprando el pan. Miles de personas con las que cruzamos codazos y paraguazos los días de lluvia, miradas de complicidad o incluso de desesperación compartida cuando algo sale mal en medio de la calle. Y no sabemos porque de entre todas esas personas de repente encontramos lo que llamamos amigos. Amigos con los que pasas de compartir un instante de tu vida a tu vida diaria, esa tan complicada y divertida a partes iguales.
Tienes amigos malos que dejan de serlo al de un tiempo, amigos muy amigos, amigos a secas, amigos a los que llamas a las 3 de la mañana llorando, amigos de verano, amigos con los que compartes gustos, amigos con los que no compartes nada más que ese nosequequeseyo que os hace inseparables.
Amigos. Ya sabéis a lo que me refiero.
Y de todas esas miles de personas que andan por ahí dejas que unos pocos entren en tu mundo. Eres incapaz de imaginar la vida sin ellos, imaginas la universidad, los viajes, los amores y desamores, una boda, otra boda y otra boda porque toda la cuadrilla acabara cansándose. Y luego vienen los hijos imaginarios e imaginas que esos amigos serán sus tíos.
Pero de repente, y tan improvistamente como entraron en tu vida salen de ella. Piensas y piensas en que habrá ido mal, intentas enfadarte pero tampoco encuentras el motivo, solo sabes que duele. Sigues pensando y te das cuenta de que no ha sido una pelea concreta, ni nada en especial, simplemente es que ha llegado un punto en el que ya no hay ni llamadas, ni mensajes ni sábados compartiendo chocolate caliente.

Y ojala hubiese sido una pelea, ojala hubiese habido una discusión. Ojala no hubiera sido simplemente el olvido. Y ojalá la gente no cambiara, ojalá siguiésemos siendo niñas que van a aprender inglés para entender las letras que cantan sus ídolos. Y ojalá te vaya muy bien ahora.
 



¿Nos chocaremos un día de lluvia y podremos volver a compartir paraguas?

¿O solo susurraremos un tímido "Perdón"?